La primera vez que advertí el gusto italiano por el melodrama fue contemplando El éxtasis de Santa Teresa, de Bernini, en Santa Maria della Vittoria. Teresa tiene el cuerpo relajado, los ojos entrecerrados, la boca apenas abierta; los pliegues del hábito se mueven como una ola. Un ángel sostiene una flecha y sonríe dulcemente.

—Esa zona ofrece un recorrido formidable del barroco —me apunta un amigo, mi cicerone random de la ciudad.

Según Stendhal, al contemplar en Florencia las tumbas de Maquiavelo, Rafael y Galileo, se sintió al filo del desvanecimiento. Desde entonces, el síndrome de Stendhal sirve para nombrar un conjunto de síntomas físicos que podría provocar la contemplación de lo bello.

Nada de eso sucede al turista inadvertido y, si no fuese por estos aportes casuales y algunas búsquedas concienzudas en ChatGPT, los Caravaggio, Miguel Ángel y Borromini pasarían ligeros y efímeros como el Tíber. Pero ahora el peregrino secular afina la mirada, escruta los matices y se detiene a admirar, por ejemplo, toda esa fuerza contenida en el cuerpo inmóvil del Moisés de San Pietro in Vincoli, en Monti: son 2,35 metros de mármol esculpidos por las manos de Miguel Ángel.

Es julio y el calor insidioso es la partitura trágica de esta puesta en escena que es Roma desde el barroco: una ciudad teatral donde cada fuente, cada plaza, cada esquina es escenario del drama de la vida.

Pero la canícula no es la única melodía. Desde que he puesto los pies en la città eterna, suena en estéreo en mi cabeza Felicità, de Romina y Albano.

Felicità è l’acqua del fiume che passa e va, tarareo.

Es verano, Argentina avanza a los espasmos en el Mundial de la mano de Messi y, de repente, el porvenir se abre al infinito.

La Piazza del Popolo abre sus brazos en un orden renacentista de ejes y perspectivas. Todos los caminos conducen al Centro Storico.

Durante siglos, las grandes familias romanas compitieron por erigir palazzi, iglesias y plazas y ejercer de mecenas. Como resultado, la ciudad se transfiguró.

El Centro Storico es una lasaña arqueológica, nos explica Julio, nuestro guía venezolano del Trastevere: concentra en capas la República, el Imperio y, más tarde, el Renacimiento y el Barroco. “No actúes como si fueras a vivir diez mil años”, escribió Marco Aurelio en estas calles.

Hoy, una turista sueca intenta lograr una escena instagrameable besándose con su ragazzo mientras ensaya una selfie.

—Has tenido mucha suerte de conseguir una entrada —me dice Natalia, mi guía española de Mitos y Dioses de la Cultura Romana. La Galería Borghese reúne la colección del cardenal Scipione Borghese. En una sala, Apolo persigue a Dafne; en otra, Plutón emerge para raptar a Proserpina. Ambas escenas llevan la firma de “Il Bernini”.

Y mientras recuerdo esas escenas, modernas metamorfosis suceden bajo mis narices. En un bar, un hombre cansado mira su Limoncello Spritz y se me representa el Boxeador en reposo. En una mesa contigua, una mujer lo mira con deseo y se parece a la Venus agachada.

¿Cómo no volverse mimesis en una ciudad cargada de ellas?

En la academia Studio Italia, Federica, la professoressa, anuncia:

—Hoy aprenderemos el futuro semplice.

Como si hubiese algo de simple en el porvenir.

Nos entrega un texto sobre Francesco y Anna. Él le escribe desde Napoli: intentará olvidarla, pero nunca superará el dolor de haberla perdido ni olvidará sus días insieme en Roma.

Y, de repente, los jóvenes se me antojan Alfredo y Violetta de La Traviata de Verdi, que vimos unos días antes:

Amami, Alfredo, amami quant’io t’amo!

Y esa fue la segunda vez que constaté el gusto italiano por lo trágico.

Un héroe de regreso de Troya, dos niños flotando en el río, una vestal violentada, Luperca, la loba nutricia: tantos ingredientes como para una telenovela mexicana, salvo que cada acción se volvió canon de la humanidad.

En algún lugar del Foro hay un pozo: el Mundus. Según la tradición, se arrojaba allí tierra de distintos lugares para establecer simbólicamente la conexión entre Roma y el mundo. Roma era el Caput Mundi.

Aquí se erigió uno de los grandes andamiajes de Occidente: el derecho romano, nos cuenta, grandilocuente, Natalia, nuestra guía, como si ella hubiese formado parte de la hazaña.

Sobre la columnata de Bernini en el Vaticano, decenas de santos conforman un ejército celestial. Conservan algo de la tradición grecolatina, como si sobre los dioses del Olimpo hubiesen caído hábitos, velos y mantillas, reemplazando sus poses desafiantes por manos orantes y aureolas.

Y, sin embargo, un gesto furtivo, un bajorrelieve de una concha marina, una expresión ligeramente lujuriosa delatan que cierta concupiscencia subsiste agazapada en las piedras.

Roma es su propia Sherezade: se narra a sí misma al infinito.

Entre el Aventino y el Capitolino descubro un nuevo pliegue de la ciudad.

Aida de Giuseppe Verdi, anuncia la locandina por toda la ciudad.

Nos encontramos en las gradas del Circo Massimo, donde se celebraban carreras de cuadrigas y donde, según Tito Livio, Rómulo organizó unos juegos que terminaron con el rapto de las Sabinas. Hoy, a pesar de sus orígenes machirulos, el circo se ha vuelto un espacio domesticado.

Oh Dio, fa caldo!

El calor es insistente, pegajoso, de este pozo interminable de la ciudad.

No hay aire acondicionado ni ropaje que lo soporte.

Pero está el agua.

El agua fresca de Roma en todas sus caras. Surge de las fuentes, corre por el río, se ofrece pródiga por los nasoni, donde el rico y el pobre, el turista y el local hacen fila por igual para beberla.

Agua bendita de Roma.

Es lunes 30 de julio.

Hemos perdido el Mundial frente a España. Che peccato!

Ya no suena en mi mente Felicità.

Sale Romina y Albano, entra Puccini.

O mio babbino caro, mi piace, è bello, bello...

A estas alturas he contemplado Roma desde muchas cimas, pero ninguna como la terraza de Les Étoiles, en Prati, donde tomamos el Aperol de la partida.

Oh, tramonti romani!

Bebo nostálgica cúpulas, monumentos, avenidas y las copas de los pinos sobre las colinas romanas.

Hay una Roma de todos: universal, majestuosa, histórica, certo! Pero también hay una Roma personal, la que cada uno se inventa.

La mía anida entre hiedras y Santa Ritas, en una trattoria, en una passeggiata soñada en Vespa, en el rito del café, en un supplì en Testaccio, en un calice de Prosecco, en el río que va.

La tercera vez que percibo la pasión tan italiana por lo dramático es en la zona de Arrivi de la Terminal 1.

Mientras tipeo en mi laptop las memorias de mis vacaciones romanas, se abre un telón inesperadamente:

—¡Anita! ¡Marcelo!

Un hombre y una mujer corren al encuentro y se estrechan en un abrazo.

Fiumicino, travestido en una gigantesca Fontana di Trevi en una escena improvisada de la Dolce Vita.

Dos ancianos representando a Ekberg y Mastroianni.

La vida, una vez más convertida en melodrama.

Ci sentiamo, Roma!

© LA GACETA

Solana Colombres – Profesora de Francés.